¿Y si Música ocupase el mismo lugar que Lengua o Mates?

Siempre he sentido que la música ha tenido un papel mucho más importante en mi desarrollo del que realmente se le da dentro del sistema educativo. No solo como forma de expresión, sino como herramienta de aprendizaje y de conexión con los demás. Sin embargo, en la mayoría de los colegios, la música sigue ocupando un lugar secundario, casi como un complemento. Y por eso me pregunto: ¿qué pasaría si la tratatáramos igual que asignaturas como lengua o matemáticas? Es decir, como una columna.

Desde la neurociencia, la música es una de las actividades más complejas que puede realizar el cerebro humano, ya que no se procesa en una única zona, sino que implica una red que conecta áreas auditivas, motoras, emocionales y ejecutivas a la vez. Cuando una persona toca un instrumento o canta, su cerebro está integrando información en tiempo real: percibe el sonido, lo anticipa, coordina movimientos y ajusta la ejecución de todo el ritmo. Este nivel de integración explica por qué la práctica tiene efectos tan amplios en el desarrollo cognitivo. Investigaciones como las de E. Glenn Schellenberg han mostrado mejoras en el coeficiente intelectual, pero más allá del dato, lo importante es que la música fortalece funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, la atención sostenida o el control inhibitorio, que son la base del aprendizaje.

Un dato interesante es que no solo hay efectos en las funciones, sino también en la estructural.
cerebral. Estudios con neuroimagen han encontrado que los niños con formación musical presentan cambios como un mayor desarrollo del cuerpo calloso, lo que facilita la comunicación entre hemisferios. Esto tiene implicaciones directas en la forma de procesar la información, ya que permite integrar mejor lo analítico y lo creativo. En esta línea, investigaciones como las de Sylvia Hallam destacan que incluso unos meses de práctica pueden generar mejoras medibles en atención y memoria en niños.

También cabe destacar la relación entre música y lenguaje, ya que ambos comparten redes cerebrales relacionadas con el ritmo, la secuenciación y la percepción de patrones. Estudios como los de Sylvain Moreno han demostrado que el entrenamiento musical mejora la capacidad del cerebro para discriminar sonidos del habla, especialmente en entornos ruidosos como una clase, lo que facilita la lectura y la comprensión oral. De hecho, los músicos suelen tener
mayor sensibilidad a los cambios de tono y ritmo, lo
 que también influye en el aprendizaje de idiomas.

Incluso, un estudio realizado con niños con trastornos del lenguaje mostró que, tras varios meses de entrenamiento musical activo (cantando, tocando instrumentos, etc.), no solo mejoraron sus capacidades lingüísticas, sino que se observaron cambios en su actividad cerebral medidos mediante resonancia magnética. Es decir, la música no solo les ayudó a que aprendieran mejor, sino que modificó literalmente la forma en la que su cerebro procesaba la información. 

Todo esto (y más), refuerza que la música no es solo un contenido, sino una herramienta fundamental. Y, sin embargo, todo esto contrasta bastante con cómo se utiliza la música en la
escuela, porque si lo pensamos bien, el propio sistema ya reconoce su importancia, pero solo al principio. En la primera infancia, prácticamente todo se aprende a través de canciones, tanto en la escuela como en casa (series, películas, etc): el abecedario, los números, rutinas, idiomas, etc. La música está integrada de forma natural en el aprendizaje, se aprende con ella.
Pero esto desaparece a  medida que pasamos de curso, ya que la música deja de ser una herramienta para convertirse en un contenido. Aquí, en España, esto se traduce muchas veces en clases centradas en historia o en prácticas muy concretas como la flauta o, desde el Covid, el ukelele. Y el problema no es la flauta o la historia en sí, sino que, cuando se convierte en el eje de la asignatura, puede hacer que la experiencia sea repetitiva y poco significativa.

Es por eso que la música que se aprende en clase a veces pierde sentido y toda relación con la
música en sí. Fuera del aula, la música forma parte de la identidad y de las emociones, pero dntro del aula, puede empezar a ser algo aburrido, lo que tiene consecuencias: i
nvestigaciones como las de David J. Hargreaves muestran que la motivación hacia la música disminuye con la edad, especialmente en secundaria, ya que deja de ser emocionante y el cerebro deja de percibirla como algo relevante, por lo que disminuye también la implicación.
Y esto es bastante contradictorio si tenemos en cuenta el papel emocional de la música, la cual activa el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, el mismo neurotransmisor implicado en el placer. Es decir, la música se entiende y se siente y, además, ayuda a regular las emociones, reduce el estrés y genera bienestar. En una etapa como la adolescencia, donde todo esto es fundamental, su potencial educativo es enorme. De hecho, yo creo que, aunque en clase no se suela trabajar tanto con ella de esa forma, todos la usamos para sentirnos identificados especialmente en esta etapa, es decir, nuestro cuerpo la busca de por sí.

Por todo esto, quizás el problema no es que la música esté presente en la escuela, sino que no
somos capaces de entender todo lo que puede aportar. Y no se trata de que todos los alumnos también se conviertan en músicos, o de que sustituya a las compañeras (con las cuales guardan mucha relación), sino de replantear su lugar y devolverle su práctica, creatividad y humanidad, además de entender que puede ser una herramienta para aprender otras cosas.
Porque aprender no es solo memorizar, sino que también es sentir, experimentar y conectarse. Y  en todo eso, la música no es secundaria y nunca lo ha sido.

Os dejo las referencias bibliográficas por si le queréis echar un ojo a los artículos que os he comentado.
☆ Nota: los que más me interesaban están en inglés, pero también pude encontrar uno en español. ☆


Referencias:

Hallam, S. (2010). El poder de la música: Su impacto en el desarrollo intelectual, social y personal de niños y jóvenes. Revista Internacional de Educación Musical, 28(3), 269–289. https://doi.org/10.1177/0255761410370658 

Schellenberg, EG (2004). Las clases de música mejoran el coeficiente intelectual. Ciencia psicológica, 15 (8), 511–514. https://doi.org/10.1111/j.0956-7976.2004.00711.x 

Moreno, S., Marques, C., Santos, A., Santos, M., Castro, SL, & Besson, M. (2009). El entrenamiento musical influye en las habilidades lingüísticas en niños de 8 años: Más evidencia de plasticidad cerebral. Corteza cerebral, 19(3), 712–723. https://doi.org/10.1093/cercor/bhn120 

Hargreaves, DJ, Marshall, NA y North, AC (2003). La educación musical en el siglo XXI: una perspectiva psicológica. Revista británica de educación musical, 20 (2), 147–163. https://doi.org/10.1017/S0265051703005357 

Schlaug, G., Norton, A., Overy, K. y Winner, E. (2005). Efectos del entrenamiento musical en el cerebro y el desarrollo cognitivo del niño. Anales de la Academia de Ciencias de Nueva York, 1060(1), 219–230. https://doi.org/10.1196/annals.1360.015 

Mateu-Luján, B. (2021). La educación musical en España dentro del currículo obligatorio de educación secundaria. Revista Española de Educación Comparada, 37, 233–252. https://doi.org/10.5944/reec.37.2021.27541 




Comentarios

  1. Me ha parecido super interesante todo lo que cuentas, no sabía que existían tantas investigaciones acerca de la música. Yo también creo que debería darse más valor a la música en el día a día de las escuelas.

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